lunes, 14 de marzo de 2016

Hilachas I

Morir. A eso hemos venido. En el medio, la vida: reuniones de consorcio, partos, un cortado en jarrito, señales de tránsito, lencería erótica, estaciones de radio, chantajes, padrones electorales, cargadores de celular, clases de cocina, témpera azul, ecografías, puentes, delineadores líquidos, sillas de ruedas, solicitadas, concursos de literatura, bancas de diputados, guitarras eléctricas, veneno, suavizante para ropa, telones que se abren, rejas, naipes, tiro al blanco, cajones de manzana, certificados de estudio, aviones, manteles de hule, video clips y fotocopias, entre otras cosas. Después nos vamos. Después, quedan hilachas.

lunes, 7 de marzo de 2016

Herencia I

Siempre la muerte es inesperada ¿Quién espera que venga el vacío?  ¿Quién espera que esta hora sea la última hora?
A veces el morir empieza y es lento en su implacable manera de ir apagando toda luz. A veces el morir empieza y es un rayo que no permite darse cuenta.
Así murió la tía Elena, un día, sin previo aviso. El corazón empezó a dolerle y después no le dolió más. No lo esperábamos. No es legal morirse antes de los setenta años.
Pero así era ella: le gustaba estar del otro lado de los límites.
La vida y la muerte. En la sala velatoria, cuando quedamos solo la pequeña familia, comenzaron a rodar secretos familiares que ya no eran secretos y otros, salidos a la luz  por primera vez, en medio de la sombra. Hicimos lo que hace la gente cuando la gente se muere. Llora, ríe, recuerda, habla pavadas, come, se congrega, se une como para aliviar la herida. Después la punzada del rayo termina y el tiempo de hacer con lo que quedó clava un surco que dura casi para siempre.

Cuando abrí la caja que contenía mi parte de herencia de la tía Elena lloré. Botones de diversos tamaños y colores; un bastidor con un bordado sin terminar; hilos de todos los colores y todos los grosores; cajitas pequeñas, medianas y grandes.
Yo, que nunca cosí, amo los botones. Siempre me gustó mirarlos, acomodarlos sobre la mesa haciendo dibujos, oír el ruido que hacen cuando son agitados en el puño de la mano. Sé que ella estaba en ese cuarto durante los duros días del repartir y tirar,  y le susurró a su hijo que los botones fueran para mí. Las cajas, ¿a qué mujer no le gustan las cajas en todas sus formas? Los hilos, aún no puedo explicarme qué imaginaron que podría hacer yo con tantos hilos. Ya vendrá la respuesta.

Casi setenta años en una caja con cajitas. Todos los cientos de días, los besos, los pasos de baile, el desasosiego cayendo por los agujeros de un botón. Los proyectos, los fracasos, las carcajadas, ese viaje, aquellas cartas, rodando hasta mis manos, transformados en unas pocas hilachas.